Escrito por: Dayron Monroy – Líder de Estándares y Certificaciones ARM
Lo que una reciente publicación científica de Duke University, ESPOL y la Alianza por la Minería Responsable (ARM) revela sobre cómo apoyar a las mineras de subsistencia en Ecuador para transitar hacia tecnologías de recuperación libres de mercurio y mejorar sus condiciones de vida.
Mujeres jancheras seleccionando mineral aurífero entre los residuos de una mina en Camilo Ponce Enríquez, Ecuador. Foto: Dayron Monroy.
En las empinadas laderas del cantón Camilo Ponce Enríquez, en la provincia del Azuay (Ecuador), el oro es el motor indiscutible de la economía local. Allí, a la sombra de las empresas mineras, trabajan miles de mujeres conocidas localmente como “jancheras”. Su labor consiste en recolectar la roca de desecho, el “janche”, que las minas descartan porque consideran que no tiene suficiente concentración de oro para justificar su procesamiento en planta de beneficio.
Con combo en mano, estas mujeres trituran pacientemente la roca y, en la mayoría de los casos, utilizan mercurio para extraer las pequeñas partículas de oro que logran rescatar. Las jancheras trabajan donde termina la mina y empieza el olvido. Sin contratos, sin equipos de protección, y sin que las autoridades mineras hayan reconocido esta dura labor, estas mujeres están expuestas a un sinnúmero de riesgos. El mercurio se instala en el sistema nervioso, viaja con el agua río abajo, llega a manos y mesas que nada tienen que ver con el preciado oro. La invisibilidad es administrativa, pero el daño es real y se distribuye en toda la población.
Janchera seleccionando cuidadosamente, una a una, las rocas que aún contienen rastros de oro. Foto: Dayron Monroy.
¿Quiénes son las Jancheras?
Para entender por qué estas mujeres mineras siguen dependiendo del mercurio para recuperar oro, primero hay que entender quiénes son. Entre septiembre y diciembre de 2022 viví en Camilo Ponce Enriquez y Ecuador es parte del Convenio de Minamata sobre el Mercurio.
Eliminar el uso de mercurio en la minería artesanal es un compromiso internacional asumido por el país y
ratificado por la Asamblea Nacional. Sin embargo, esta transición representa un desafío para miles de familias que dependen de esta actividad para su sustento. Conversé cara a cara con 236 jancheras. Guiado por ellas, recorrí escombreras, botaderos y las plantas de amalgamación conocidas localmente como “chanchas”.
Janchera preparando la chancha de amalgamación, una tecnología precaria que sigue siendo la única opción viable para procesar su mineral. Foto: Dayron Monroy
Detrás de cada saco de roca cargado montaña abajo había una historia distinta, pero también patrones que se repetían una y otra vez. Los datos revelan un grupo de mujeres que trabajan en condiciones de alta
vulnerabilidad y que dispone de muy pocas alternativas económicas fuera de la minería de subsistencia.
Nueve de cada diez personas dedicadas al janche son, en efecto, mujeres. Muchas llegaron a esta actividad desde jóvenes y tuvieron oportunidades educativas limitadas. En promedio, cuentan con apenas 7.5 años de educación formal, lo que significa que la mayoría no logró completar la escuela secundaria.
Para muchas, el janche no es una elección entre varias opciones laborales; es una de las pocas oportunidades
disponibles para generar ingresos en un territorio minero donde los empleos mejor remunerados suelen
concentrarse en los hombres y en trabajadores con mayores niveles de formación.
Detrás de cada mujer, en promedio, hay dos y tres personas dependientes económicamente. Hijos, nietos
y familiares mayores dependen de un ingreso que, en la mayoría de los casos, no alcanza a superar el salario mínimo ecuatoriano equivalente a $425 USD al momento de levantar las encuestas.
A primera vista, el trabajo parece colectivo. Las lideresas de los grupos hablan con las empresas mineras
para que les den acceso a sus botaderos y coordinan los turnos de trabajo. Pero la cooperación suele
terminar allí. Cuando llega el momento de seleccionar el mineral, procesarlo y vender el oro, cada mujer
trabaja por su cuenta. Apenas una de cada diez jancheras combina físicamente su mineral con el de otras
compañeras.
La mayoría separa cuidadosamente lo que recupera y vuelve a casa con apenas unos cuantos kilos de roca. Son volúmenes demasiado pequeños para acceder a las plantas de beneficio, por lo que terminan procesándose en las chanchas de amalgamación que abundan en la zona. El resultado es una trampa de pobreza: aunque las plantas de beneficio tienen tecnologías capaces de recuperar más oro sin utilizar mercurio, la mayoría de las jancheras trabaja con volúmenes demasiado pequeños para acceder a ellas.
Desde afuera la solución a este problema parece sencillo. Si una sola janchera no logra reunir suficiente
mineral para vender a una planta de beneficio, bastaría con que varias se asociaran y lo vendieran juntas. Pero la débil asociatividad no puede explicarse simplemente como una falta de organización y cooperación. Detrás de ella se esconden problemas de confianza, liquidez y de infraestructura que las propias jancheras difícilmente pueden resolver.
El primer obstáculo aparece en el mismo mineral que cargan montaña abajo. Dos sacos pueden tener el mismo peso y esconder cantidades muy distintas de oro.
Sin pruebas metalúrgicas económicamente viables para pequeños volúmenes, nadie puede saber con certeza cuanto aporta cada mujer a un lote común de mineral. Y cuando no hay forma de medir las contribuciones, tampoco hay forma de garantizar que el reparto de las ganancias sea percibido como justo.
El segundo obstáculo tiene que ver con la liquidez. Los beneficios de janchera juntas no llegan poco a poco.
Aparecen únicamente cuando el grupo consigue reunir las toneladas mínimas que exige una planta de beneficio para recibir el material. Hasta entonces, cada janchera debe esperar confiando que las demás jancharán a su mismo ritmo para vender rápidamente el mineral y obtener efectivo.
Finalmente, el problema más tangible de todos: ¿dónde guardar el mineral mientras se alcanza ese volumen mínimo? La mayoría de las mujeres no dispone de bodegas seguras ni espacios adecuados para almacenar durante días o semanas el fruto de su trabajo. Cada saco acumulado representa dinero de sus compañeras
y sin infraestructura física para almacenarlo y custodiarlo, el riesgo de pérdida o robo es alto y podría generar conflictos. Por eso, al final de cada jornada de trabajo, cada janchera se lleva los sacos con mineral a casa.
Si las plantas de beneficio recuperan más oro y no utilizan mercurio ¿Por qué tantas jancheras siguen procesando su mineral en las chanchas de amalgamación?
Para encontrar la respuesta, les planteamos a las jancheras una serie de decisiones que se parecen mucho a las que enfrentan en la vida real. A cada mujer le mostramos distintas ofertas hipotéticas de compra de mineral. Algunas prometían mejores precios. Otras ofrecían hacerse cargo del transporte. Algunas pagaban inmediato; otras exigían esperar varios días. También variaban aspectos menos visibles, como la obligación de emitir factura electrónica o la posibilidad de acceder a una prueba metalúrgica independiente.
Frente a cada tarjeta, las jancheras debían responder una pregunta simple: ¿A cuál de estas plantas le vendería
usted su mineral? Siempre existía una tercera alternativa: rechazar ambas ofertas y seguir haciendo lo que
muchas hacen hoy, procesar el mineral por su cuenta en las chanchas de Camilo Ponce Enriquez. Detrás de esas respuestas cotidianas se esconde información valiosa sobre las preferencias individuales. Al analizar miles de decisiones tomadas por las 236 mujeres participantes, pudimos reconstruir qué factores pesan realmente cuando una janchera decide vender o no a una planta de beneficio. En otras palabras, logramos identificar qué condiciones generan interés, cuáles despiertan confianza, y qué barreras terminan inclinan la balanza a favor de seguir utilizando mercurio
¿Qué tendría que ofrecer una planta de beneficio para competir con las chanchas de amalgamación?
Los resultados relevaron una historia mucho más compleja de lo que suele asumirse. No es que las mujeres
ignoren que la tecnología podría representarles mejores beneficios. Las decisiones de las jancheras están moldeadas por una combinación de incentivos económicos, necesidades familiares, costos, desconfianza y carga administrativa.
Para comprender la importancia relativa de cada uno de estos factores, traducimos sus preferencias a una
medida monetaria conocida como Disposición a Aceptar (WTA, por sus siglas en inglés). Esta medida nos permite estimar cuánto tendría que mejorar una oferta para compensar una condición que las mujeres consideran desfavorable, o cuánto valor asignan a características de la oferta que les brindan mayor seguridad y confianza.
Gracias a ellos fue posible poner una cifra a preguntas que normalmente parecen imposibles de responder:¿cuán valioso es para una janchera recibir el pago inmediato? ¿Cuánto pesa para ellas tener que asumir el costo del transporte? ¿Qué tan grande es la barrera de exigir una factura electrónica? Las respuestas, en la siguiente gráfica, ayudan a entender por qué, incluso cuando existe una alternativa tecnológica proporcionada por las plantas de beneficio, muchas mujeres siguen optando por el mercurio.
Más allá del precio
Los resultados mostraron algo que, a primera vista, parece obvio: a nadie le disgusta recibir un mejor precio por su oro. Pero el experimento también reveló algo menos evidente. Para las jancheras, el precio es apenas una parte de la historia.
Muchas de las mujeres con las que conversamos pasan horas caminando entre botaderos, cargando sacos de roca desde la alta montaña hasta el área urbana donde se encuentran las chanchas. En ese contexto, la logística importa casi tanto como el dinero. Cuando una oferta indicaba que la planta asumiría el costo y la organización del transporte, su atractivo aumentaba considerablemente. El beneficio percibido por las mujeres era equivalente a recibir USD $ 9,04 adicionales por cada gramo de oro vendido. La otra condición altamente valorada fue la posibilidad de acceder a una prueba metalúrgica independiente. Para la janchera promedio, contar con un análisis imparcial de la ley del mineral generaba una mejora en el bienestar equivalente a recibir USD $13,62 adicionales por gramo de oro. En un negocio donde el producto es una roca cuyo valor no puede verse a simple vista, la confianza se convierte en un activo tan importante como el propio metal.
Jancheras reunidas en la sesión grupal de socialización y validación de resultados del estudio. Foto: Dayron Monroy
El costo oculto de vender formalmente
Entre los hallazgos más contundentes del estudio se encuentran la enorme importancia de la liquidez para
estas mujeres. Para muchas jancheras, el ingreso obtenido hoy financia la comida de mañana, los útiles
escolares de los hijos o las necesidades básicas del hogar. Cuando una oferta proponía diferir el pago durante una o dos semanas, su atractivo caía de manera abrupta.
Para compensar esa pérdida de bienestar, la planta tendría que ofrecer el equivalente a USD $11,22 adicionales por cada gramo de oro vendido. Pero ninguna condición resultó tan problemática como la exigencia de emitir factura electrónica. Formularios, registros, requisitos legales: lo que para una empresa es trámite rutinario, para una janchera es tiempo sin ingreso, desplazamiento, exposición a instituciones que históricamente no las han reconocido.
El estudio lo confirma con números. La sola exigencia de emitir factura electrónica reduce el atractivo de una oferta en una magnitud equivalente a USD $18,63 por gramo de oro. Además, hay una contradicción que el sistema no ha querido ver: las mujeres que podrían beneficiarse de la formalización son, muchas veces, las mismas que perderían sus subsidios si se formalizan. Esta es una situación que ninguna política de formalización minera ha resuelto todavía.
Conclusión
A medida que analizábamos los resultados, comenzó a emerger una conclusión incómoda. En diferentes espacios de discusión sobre cómo eliminar el uso de mercurio en la MAPE, hemos escuchado una premisa aparentemente razonable: si las plantas de beneficio recuperan más oro sin utilizar mercurio, los mineros artesanales deberían preferir venderles su mineral para obtener más ingresos y contaminar menos. Sin embargo, nuestros hallazgos permiten complejizar este planteamiento.
La janchera promedio de nuestro estudio prefiere no vender su mineral bajo las condiciones que actualmente ofrecen las plantas de beneficio de Portovelo (sur del Ecuador), incluso frente a incrementos marginales en el precio ofrecido. Cuando se suman las barreras burocráticas, logísticas y financieras típicas de esta transacción, la única alternativa viable es seguir procesando el mineral por cuenta propia. La magnitud del efecto es sorprendente. Aunque disponer de una prueba metalúrgica independiente genera confianza y aumenta significativamente el atractivo de una oferta, ese beneficio no alcanza a compensar el efecto combinado de exigir factura electrónica, retrasar el pago y transportar el mineral a zonas más alejadas del casco urbano de Camilo Ponce Enriquez.
En conjunto, estas condiciones reducen el bienestar percibido en una magnitud equivalente a USD $31 por cada gramo de oro vendido. Dicho de otra manera: para que una janchera promedio aceptara una oferta con
esas características, la planta tendría que compensarla con un pago adicional cercano a USD $31 por gramo por encima del valor de mercado (a precios del 2022).
La lección es clara. El problema no es que las jancheras se resistan al cambio, ni que ignoren lo perjudicial del mercurio, o desconozcan que las plantas de beneficio hacen una mejor recuperación de oro. Más del 90% de las jancheras que entrevistamos reconoce que el mercurio es perjudicial para la salud y para el ambiente.
Asimismo, 9 de cada 10 jancheras está dispuesta a cambiar sus métodos de procesamiento de mineral si esto le garantiza mejores ingresos para sostener sus familias; 7 de cada 10 estaría dispuesta a vender su mineral a una planta de beneficio.
El problema es que las condiciones para acceder a las plantas de beneficio no se adaptan a sus capacidades
organizacionales y económicas. Lo que parece una decisión irracional es, en realidad, una respuesta perfectamente racional a las restricciones que enfrentan día a día estas mineras de subsistencia. El camino para que las plantas de beneficio se conviertan en una alternativa real, atractiva y libre de mercurio para las jancheras requiere de un esfuerzo coordinado. Detrás de cada gramo de oro recuperado en los residuos de las minas, hay una historia de resiliencia que merece tecnologías limpias y condiciones justas. Desde la Alianza por la Minería Responsable (ARM), trabajamos activamente en crear estos puentes. Invitamos a organizaciones, inversionistas y aliados estratégicos a ponerse en contacto con nosotros para explorar formas de inversión, apoyo y trabajo conjunto que transformen el futuro de la minería artesanal.
Los invitamos a leer el artículo completo publicado en Environment and Development Economics: Can large-scale technology raise small-miner income and reduce mercury? Prospects for female waste-rock collectors selling ore to non-mercury processing plants. 2026; 31(2-3):210-235.
Autores: Danny Tobin, Alex Pfaff, Dayron Monroy, Bryan Salgado, Adam Kiefer y Daniel Garces.