Historias del territorio

Arcilla, arena, greda… ¡y manos a la obra!

Marieta Orduz

Marieta Orduz Chaparro, de 53 años, es una mujer alfarera de tradición, con una gran sonrisa y siempre dispuesta a ayudar a su comunidad. Ella ha estado toda su vida involucrada en la alfarería: “esta es una actividad que hemos heredado”. Sus abuelos eran dueños de una gran cantidad de tierra, e iniciaron la actividad alfarera en la región de Pantanitos. “Con el tiempo fueron vendiéndole tierras a sus trabajadores, y ellos ya miraban donde construían su hornito para hacer esta actividad artesanal”.

Marieta, o más conocida como Doña Marieta, empezó desde pequeña ayudando a su familia en diferentes labores de la alfarería: cargando ladrillos, cortándolos, sacándolos del horno y ayudando con los tranques. “Me fascinaba llenar los huequitos para iniciar el tranque. Me peleaba por ese trabajo. Para nosotros era como un juego, por lo que no ha sido un trabajo esclavizante”. Cuando creció y tenía más experiencia, Marieta empezó a trabajar en la parte administrativa: “quienes se van a contratar, mirar cuales son las personas que más les rinde, buscar las mujeres que nos van a apoyar, capacitarse…”.

Recuerda con una sonrisa en la cara cuando logró vender, siendo una adolescente de 18, sus primeros 100 ladrillos y que con la plata que ganó se compró su primera máquina de coser. “Fue lo más lindo y lo más hermoso. Pero me di cuenta que eso no era lo mío y la tengo guardada como un trofeo”.

“Un día de trabajo en el horno”

El día laboral de Marieta consiste en despertarse a las 5 de la mañana.  Lo primero que hace “es el tinto”, lo envasa para llevarles a los trabajadores junto con el desayuno. Después de que todos han comido, empiezan sus labores. Sus días de trabajo varían dependiendo de la etapa en la que está la producción. “Se hace lo que haya que hacer. O sea uno no tiene programado el día, sino como las mismas actividades nos van utilizando”. El día laboral es hasta las 5 de la tarde, pero hay veces que se quedan más tiempo si hay imprevistos, o salen más temprano si terminan las labores del día antes de lo programado. A todos los trabajadores que se les paga un “jornal” que incluye desayuno, onces y almuerzo.

Sus huellas

Desde pequeña le ha tocado ser responsable y ayudar con las labores del hogar. Ella es la hermana mayor de 7 hermanos, por lo que era la responsable de sus hermanos menores. “Uno mecánicamente aprende a que hay que levantarse a hacer el tinto, hacer el desayuno, ayudar con los obreros (trabajadores)…”.

Marieta es madre de 3 hijos y dice que “a ellos les ha parecido un trabajo tan duro que dicen que no quieren continuar en este proceso. Sin embrago, nosotros seguimos trabajando para tener recursos y darles universidad”. Su hijo menor trabajó en la alfarería durante varios años, “pero dijo que no quería seguir y empezó a estudiar”. Actualmente su hijo menor está estudiando ingeniera civil. Su esposo también trabaja en el sector en una empresa formal en el parque industrial. En sus ratos libres, el esposo de Marieta la ayuda en varias labores de la alfarería. “Ahora me está ayudando en la construcción de la chimenea”.

Mujeres de arcilla: “vivimos con arena, con barro, pero felices”

Las mujeres como Marieta han trabado en la alfarería desde hace años desarrollando diferentes labores; ayudan en la cocina, con el tranque, y con “lo que toque hacer”. Debido a que los hombres trabajan todo el día y desempeñan otras labores, las mujeres alfareras tienen que responder por el hogar casi solas, ayudar a sus hijos y trabajar, por lo que tienen una jornada diaria muy pesada. “La carga de trabajo de la mujer alfarera es muy dura”, cuenta Marieta, ”pero para nosotras es tan normal que no vivimos cansadas porque toca hacerlo. Para las que nacimos en esto, y llevamos los dientes de barro y las venas de barro, es normal”. Pero esta tradición se ha ido perdiendo con los años y las nuevas generaciones quieren “trabajar en diferentes actividades”.

Con el tiempo la alfarería se ha vuelto un trabajo “más tecnificado” por lo que Marieta expresa su preocupación: “No sabemos cuál va a ser el futuro, especialmente el de la mujer”. Para las mujeres alfareras de Boyacá, ha sido positivo haber empezado a participar con ARM: “Nos hemos podido organizar y hemos aprendido otras actividades productivas más acordes al tiempo, a la edad y a la necesidad de nuestras mujeres”. “No lo podemos creer que una institución se haya acordado de nosotras: madres cabezas de familia, abuelas, hermanas, tías…”.

Arcilla, arena, greda… ¡y manos a la obra!

La creación del ladrillo es muy artesanal y manual. “Un ladrillo es la mezcla de arcilla (50%), arena y greda. A todo eso se le hace un proceso de remoje, de revuelto y mezcla, como cuando uno hace una torta. Todo este proceso es manual. Cuando esta mezcla ya está en maduración, esa greda, se programa el corte y se contrata la máquina que corta el ladrillo”. Para el corte es necesario contratar de 8 a 12 personas, dependiendo de la cantidad, quienes llenan la tolva de la máquina para que vaya saliendo el barro ya amasado. “Lo van cortando y lo llevan y lo van extendiendo en los moldes. Se deja [i]orear y cuando ya nos toque el , que es cada 5 semanas, va al horno. Se cocina, dura 12, 13 días cocinando y enfriando y ya empieza a venderse el ladrillo”.

Marieta ha sido testigo, a lo largo de los años, de los avances que ha tenido la alfarería. El proceso de creación del ladrillo ha ido cambiando mucho: “cada día el proceso va avanzando más”.

Listas para vender

Para la venta del material “viene un arquitecto o un ingeniero que va a construir a casa y compra a 5 o 7 mil pesos el ladrillo. O también podemos correr la suerte de que no venga nadie. O que ninguna constructora esté interesada en el ladrillo. Y un mes o dos meses sin venderse el ladrillo es muy preocupante porque es prácticamente nuestra única forma de recibir dinero para pagar nuestros servicios: gas, agua y luz”.

Las cargas del trabajo

Aunque las mujeres se han desempeñado en todas las áreas de la alfarería, uno de los mayores retos ha sido “el manejo de las máquinas. Ahora existe una maquina cortadora de ladrillo, y antes se hacía con caballos, con güeyes, que era más fácil, porque el ejercicio de moler lo hacían los animales. Eso era en la época de mis abuelitos y de mis padres. Ahora uno ve que lo más difícil son las maquinas”.

Otro desafío ha sido la sobreproducción del ladrillo a nivel departamental. “Sacamos la horneada (la producción), pero si no hay un cliente que la compre entonces toca mirar donde hay el espacio para sacarla y seguir trabajando. Y es que la inversión que tenemos que tener es más o menos de 7 millones de pesos para la elaboración, para hacer todo el proceso. 7 millones de pesos es muy complicado para dejarlos quieticos y no ver resultados”.

Boyacá es un departamento rico en greda, principal ingrediente para hacer el ladrillo, por lo que al entrar en a la vereda de Marieta se pueden ver alfarerías por doquier.

Limpiando Sogamoso

Marieta comenta que, desde hace unos años, las normativas se han “endurecido”, por lo que a las alfareras les ha tocado hacer varios cambios para que no las sancionen y así cumplir con la regulación. Corporación Autónoma Regional de Boyacá “nos ha estado exigiendo muchísimas cosas”. Marieta explica que hace unos años Sogamoso era uno de los Municipios más contaminados de Colombia, y gracias que algunos cambios que se han hecho, se ha logrado bajar la contaminación. Pero, cuenta, que esto ha traído también prejuiciosos a los alfareros ya que hace unos años “104 familias fueron obligadas a vender el horno debido que no cumplían con las normativas de CorpoBoyacá por lo que se encuentran sin trabajo. Aportaron para descontaminar Sogamoso, pero no sabemos dentro de cada casa que está pasando”. Adicionalmente, hace unos años era muy normal ver niños trabajando, pero esta práctica ha ido disminuyendo poco a poco.

Mirando hacia el futuro

Desde hace 3 años Marieta es la presidenta de la Junta de Acción Comunal de la Vereda de Pantanitos Bajos. Es la primera mujer del sector alfarero en ocupar el cargo, por lo que se siente muy orgullosa de poder ayudar a su comunidad. Ella, junto a los miembros de la Junta, han estado tocando puertas para que se haga una ampliación de la vía que lleva a la vereda, se construya alcantarillado y pongan cámaras de seguridad.

Aunque “nuestras peticiones han sido oídos sordos”, Marieta es muy positiva y no pierde la fe de que las cosas van a mejorar. “Hemos apoyado a las 104 familias que vendieron sus hornos y apadrinándolas y dando a conocer su situación. Son personas que se quedaron sin sustento y son de tercera edad que no pueden continuar trabajando y no tienen dinero para vivir”.

“La comunidad compró un lote para construir el centro de salud. Pero debido a unas fallas técnicas, no se abrió. Por lo que ahora envían una unidad móvil a la vereda de vez en cuando para que nos atiendan”. Marieta dice que seguirán peleando para que las cosas mejoren en la comunidad, “Estamos con la lucha”.

 

[i] Orear: Airear algo para que se seque o refresque.

[ii] Debido a que la quema continua de ladrillos en los hornos estaba causando muchos daños ambientales, las alfarerías solo tienen permitido prender el horno cada 5 semanas.

 

Share This