Historias del territorio

Daniel Humberto Rodríguez

Daniel Humberto Rodríguez camina por la cancha de futbol verde de la Mina Carbonera 2 de Tópaga, dónde trabaja desde hace 11 años, actualmente de picador [1]. Sin embargo, fue a los 10 años que empezó a trabajar en el sector. Ahora tiene 34 y una larga experiencia que le ha dado muchos aprendizajes y también le ha hecho vivir momentos complicados. Con un hijo y otro en camino, una mujer y muchos recuerdos, reflexiona sobre lo que significó para él tener que trabajar de niño y sobre las condiciones de la minería en su municipio.

[1] En minería, persona que tiene por oficio arrancar el mineral por medio del pico u otro instrumento semejante. (RAE)

Su experiencia como niño trabajador

“Lamentablemente, yo tuve que trabajar a muy temprana edad”, explica Daniel. Hijo de una ama de casa y humilde campesina, que ganaba 5.000 pesos diarios plantando maíz o papas, tuvo que responsabilizarse antes de tiempo de su familia. Daniel observa el pasto de la cancha de futbol mientras explica las responsabilidades que tuvo que cargar al ser el mayor de cuatro hermanos: “Mi padre se fue y no volvió y mi madre, que es una mujer a la que admiro mucho, lamentablemente no ganaba suficiente”, recuerda.

Era un día de cada día y Daniel, con 10 años, se calzaba sus zapatos e iba a la escuela. Por la tarde, le tocaba trabajar de tornero en minería (en el torno [1] ). Después, empezó a trabajar de malacatero [2] y a trinchar el carbón [3]: “Estaba cursando séptimo y me iban a matricular a octavo. Yo trabajaba trinchando el carbón para que me matricularan, pero no me pagaron y mi mamá no tenía cómo pagar la matrícula. Entonces quedé sin estudios”. Daniel se emociona cuando admite que él quería seguir estudiando: “Son cosas duras”.

Sin embargo, esto duró poco: “Entonces ya me gustó la plata. Ya no quería estudiar, quería trabajar”, explica. El hecho de trabajar y de tomar cerveza le hacía sentirse mayor y ya no le importó, durante un tiempo, no tener la oportunidad de estudiar. “Uno quería sentirse mayor, y allí fue transcurriendo la vida”.

El “amor a la plata”, como lo describen varios mineros, o la valoración excesiva del dinero a edades tempranas, es una de las principales causas del trabajo infantil, algo que han reiterado varios de los mineros entrevistados en un estudio que ARM adelanta en el marco del proyecto Somos Tesoro.

[1] Máquina simple que consiste en un cilindro dispuesto para girar alrededor de su eje por la acción de palancas, cigüeñas o ruedas, y que ordinariamente actúa sobre la resistencia por medio de una cuerda que se va arrollando al cilindro. (RAE, 2018). [2] Un malacate es una máquina a manera de cabrestante, muy usada en las minas para sacar minerales y agua, que tiene el tambor en lo alto, y debajo las palancas a las que se enganchan las caballerías que lo mueven. (RAE, 2018) [3] Trinchar el carbón consiste en escoger el material estéril para que no dañe la calidad de este (ARM).

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Percepciones sobre el trabajo infantil

“Me tocó caminar descalzo los fines de semana” -recuerda Daniel-, no porque estuviera jugando si no por la falta de oportunidades económicas de su família. Él admite que actualmente hay más oportunidades para estudiar para la niñez y la adolescencia pero que, sin embargo, la economía de su municipio (Tópaga, en Boyacá, Colombia) es mayormente de minería de carbón. Antes, recuerda, había agricultura pero ahora “el suelo no da”. “En Tópaga, el que no es cura, es soldado; el que no, policía y el que no, es minero”, recalca Daniel.

Con preocupación explica que conoce “pelados” que empiezan a trabajar a temprana edad “porque quieren tener plata y ser verracos”. Cuenta que les advierte: “yo les digo: no amigo, la minería no es para todo el mundo, va acabar con su salud. Estudie ahora y ayude a su familia más adelante. Entonces te dicen que tú te metes en su vida, pero algunos trabajan 15 o 20 días y ya no quieren más”.

Este es otro de los hallazgos de un reciente estudio realizado por la organización Pact, en el cual se entrevistaron niños, niñas y adolescentes de la región. “El ideal de infancia que se ha universalizado, de chicos dedicados a aprender, a crear y ser felices, encuentra poco eco entre ellos. Ese, más bien, es visto como el ideal del flojo, un estilo de vida que a sus ojos resulta poco prometedor” (A.E. Villegas, M.E. Gáfaro, 2017).

“Cuatro años antes, este era un barranco sin pasto”.

A pesar de haber vivido malas experiencias en el pasado, Daniel confía que una minería responsable es posible. En la mina donde trabaja actualmente, construyeron la cancha de futbol donde está sentado ahora. “Cuatro años antes, este era un barranco sin pasto”, dice. Para lograr esto, el agua proveniente de la mina se pasa por los tanques de tratamiento y con eso, riegan el césped que da la bienvenida a mineros y personas de la comunidad en los días festivos y de ocio.

A pesar de que se pueden hacer bien las cosas, se necesitan recursos: “hay mucha minería ilegal, que no cuenta con seguridad para los trabajadores. Los mineros sacan lo que pueden y se van, hay lugares desolados porque la minería esteriliza”. Pero Daniel también explica que “hay proyectos que explotan el carbón, lo sacan, reforestan y cuidan el medioambiente”. Cuando habla de minería responsable, enfatiza en la importancia de las formaciones y cursos que le han permitido aprender más sobre esta. Daniel cita a la Agencia Nacional Minera, al Sena y al proyecto Somos Tesoro, del que forma parte la Alianza por la Minería Responsable: “ARM está cambiando la minería, porque nos enseña cómo ser más responsables en cuanto a seguridad y a erradicar el trabajo infantil”, comenta.

“Aún tengo este recuerdo de cuando tenía 14 años”

“Casi todo lo que decían en la capacitación (sobre trabajo infantil minero) me recordaba a mi pasado”, enfatiza. Daniel considera que es importante dialogar sobre esto para evitar que actualmente los niños, niñas y adolescentes tengan que pasar por lo mismo que él vivió. Cuando le hablan de trabajo infantil, le es inevitable recordar un episodio que marcó su vida de adolescente cuando trabajaba en minería.

“Aún tengo este recuerdo de cuando tenía 14 años, cuando me cogió una vagoneta”, dice mostrando su dedo índice, dónde tiene una cicatriz que le recuerda ese día. Dónde trabajaba “no fueron capaces de ayudarme”, explica emocionado, y su madre tuvo que vender la única vaca que tenía para poder pagarle la hospitalización. “Entonces tocó pagar, pagar, pagar… Y aquí está el recuerdo”.

Debido a que el trabajo infantil minero está prohibido en Colombia, existe tendencia a ocultar la presencia de menores trabajadores y, cuando éstos se accidentan, no se reporta a las autoridades y se intenta solucionar el asunto entre la familia del menor y el contratante, tal y como ARM ha constatado en el estudio que está realizando actualmente y del que pronto se publicaran los resultados. Esto genera indefensión e invisibilización del menor trabajador, acentuando su vulnerabilidad.

Pero este mal recuerdo no le paró. Daniel explica que la minería también le ha aportado cosas buenas y narra con orgullo que su experiencia le enseñó a que todo se gana con esfuerzo. “Me enseñaron a no quitarle nada a nadie”. Como padre de familia, desea poder darles una educación a sus hijos para que puedan enfocarse en estudiar. Lo importante “es la decencia y ser humilde, tal vez no puedes tener plata pero siempre puedes tener decencia”.  

“Uno no tendría que ponerse solamente el casco”

“No me gustaría que mis hijos trabajaran en minería”, admite. Sin embargo, si quisieran, “que fueran a la mina como tecnólogos o ingenieros”. Daniel tiene la esperanza que va a poder lograrlo ya que su mujer y él pueden trabajar para proporcionar lo que sus dos hijos necesitan. Ella da charlas de seguridad industrial y también contribuye a la economía del hogar, aunque actualmente no puede por su estado de embarazo.

Aunque actualmente hay más oportunidades, a Daniel le es inevitable pensar que “acá en Boyacá solo hay carbón” y que será difícil vivir de otra cosa si esta economía termina. El minero considera que a nivel nacional hay mucha pobreza y cree que por este motivo “hay peladitos de 11 años que se meten en un río para extraer minerales”. “A mi hay veces que se me caen las lágrimas y me pregunto por qué yo no estudié, por qué no tuve la oportunidad”, se cuestiona emocionado. “La falta de oportunidades y de valores es lo que se tiene que ir cambiando”, considera la convivencia laboral como un ejemplo: “si tú no puedes cuidarte, yo te voy a cuidar”.

Su reflexión final sobre trabajo infantil está relacionada con la campaña que la Alianza por la Minería Responsable y Somos Tesoro estan realizando actualmente: “Me pongo el casco por una minería libre de trabajo infantil”. Daniel cree que “es difícil erradicar el trabajo infantil, pero se puede. A mí me hubiera gustado tener a alguien que me apoyara para estudiar, tener a alguien que me ayudara comprando los libros, uniformes, etc. Pero lamentablemente en ese tiempo no había”.

“Uno no tendría que ponerse solo el casco, sino poner todo el corazón para erradicar toda la minería infantil”, termina.  

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